Museo de los Sueños
Museo de los Sueños
Papel, carbón y pintura
Por Elvira Aguilar
La antigua inspección de policía de Atánquez es hoy una casa vacía. Un lugar que, con el tiempo, muchos niños y niñas han aprendido a evitar; no necesariamente por lo que sucede allí, sino por las narraciones que lo han rodeado. “Allí asustan”, dicen algunos, y esa frase, repetida una y otra vez, termina por fijar una distancia, como si el lugar ya solo pudiera ser mirado desde el miedo.
En uno de nuestros círculos de lectura y conversación apareció una pregunta que abrió otra forma de mirar lo que nos rodea, sin dar nada por cerrado ni definido:
—¿Qué pasaría si pudiéramos imaginar otra posibilidad para este lugar?

Esa pregunta fue suficiente para desplazar la conversación hacia el terreno de la imaginación. Con papel, carbón y pintura, los niños y niñas comenzaron a explorar lo que el lugar podía llegar a significar en sus propios relatos. No como una respuesta única, sino como múltiples posibilidades que iban apareciendo en los trazos: un espacio de descanso, un lugar para encontrarse después de la escuela, un sitio para crear con libertad, o incluso un espacio donde los dibujos pudieran ser vistos y compartidos.
En ese proceso, más que definir una función, lo importante fue sostener la pregunta. Cada dibujo era una forma de ensayar una respuesta provisional, de abrir una grieta en la forma habitual de mirar el lugar. Así, entre palabras, imágenes y deseos, fue apareciendo un nombre que reunía esas imaginaciones sin cerrarlas: Museo de los Sueños.
Un museo entendido no como una certeza, sino como una pregunta en movimiento. Un lugar que existe, sobre todo, en la capacidad de imaginar colectivamente que los espacios también pueden ser pensados de otra manera.
Gracias a quienes hicieron parte de esta juntanza y a quienes, en su corazón, siguen sosteniendo la terca esperanza de que imaginar es una forma profunda de pensamiento y de relación con el territorio.





